Los milagros son sucesos extraordinarios inexplicables atribuidos a la
intervención divina. Al menos eso es lo que dice el diccionario, pero muchas
veces están también cimentados en el trabajo y el talento. Eso le ocurrió a la
Unión Deportiva Salamanca en el verano del 92, cuando a su controvertido
presidente Juan José Hidalgo apostó por Juan Manuel Lillo, un entrenador
totalmente desconocido y sin apenas trayectoria, para intentar devolver al club
charro a la Segunda División.
En pleno boom de las Sociedades
Anónimas en el fútbol, la inestabilidad agitó Salamanca. Tras conseguir
in-extremis el capital para cumplir con la nueva ley, llegó un nuevo presidente
que cambiaría la historia del club, para bien y para mal. Juan José Hidalgo aterrizó
en el club con la idea de devolver al club a la categoría de plata, pero no de
manera tan brusca como sus antecesores, sino de forma más estable. Para ello,
sorprendió a todos poniendo en el banquillo a Juan Manuel Lillo.
Juanma Lillo tenía solo 26 años y
una carrera en la que solo figuraban el Tolosa CF, el CD Mirandés, con el que
consiguió el ascenso a 2ªB, y la Cultural Leonesa. Sin embargo, lo que llamó la
atención de Hidalgo fue el estilo de juego del joven entrenador. Alegre,
vistoso, rápido, creativo y, sobre todo, muy fresco. Su novedoso sistema
4-2-3-1, del que se le atribuye como creador, hacía disfrutar a su equipo de
una verticalidad extraordinaria.
El presidente realizó una limpia
en aquel equipo, apostando por jugadores de un perfil más bajo, pero con mayor
compromiso. La temporada fue muy buena, terminando en segunda posición en la
liga regular. No obstante, la suerte jugó una mala pasada al club charro, ya
que, en el sorteo por el ascenso quedó encuadrado en un complicado grupo,
compuesto por equipos como Hércules, Las Palmas o Gimnástica de Torrelavega.
Finalmente, el premio se lo llevaron los herculinos.
El siguiente año, se mantuvo a
Lillo en el banquillo y al mismo bloque de jugadores. A pesar de ello, las
dificultades se hicieron notar desde el principio. Menos de 1.200 socios y
muchos problemas económicos que hacen que el club roce la bancarrota. Todo esto
se terminó olvidando gracias a la buena situación deportiva. En la cabeza
durante todo el año, volvió a repetir en un grupo difícil por el ascenso junto
a Las Palmas, Levante y Barakaldo. Pero el desenlace de este año fue feliz y se
consiguió la promoción con una jornada de antelación. Sus piezas claves fueron
el meta Olabe, el menos batido de la temporada, el mediapunta Vellisca y el
delantero Barbará (actual asistente de Luis Enrique).
Para el debut en la Segunda
División se apostó de nuevo por la continuidad. Como siempre, los comienzos son
complicados, pero el equipo se fue asentando y se empezaron a ver los primeros
resultados, sobre todo fuera de casa. Los jugadores se lo fueron creyendo y se
vieron en las últimas jornadas con opciones de alcanzar puestos de promoción de
ascenso. Las miradas se centraban sobre todo en jugadores como Barbará, Quiroga
o un joven Ismael Urzáiz, pero Lillo seguía apostando por un juego en el que
todos los jugadores aportaban, sobre todo la línea de tres mediapuntas. El
Salamanca terminó en cuarta posición, puesto que le permitía jugar la promoción
de ascenso contra el cuarto peor de Primera División, el Albacete de Molina,
Zalazar, Morientes o Dertycia. La ida en el Helmántico finalizó con un 0-2 a
favor de los manchegos, algo que dio un mazazo enorme al conjunto salmantino.
La vuelta en el Carlos Belmonte ha quedado en la historia como uno de los
partidos memorables en la historia del club charro. Torrecilla adelantó en el
primer tiempo al Salamanca y Urzáiz, en el 92, igualó la eliminatoria y mandó
el partido a la prórroga. El baño entonces fue monumental y el partido finalizó
con un 0-5, que catapultaba al Salamanca a la máxima categoría del fútbol
español.
La temporada ya empezó de culo
antes del comienzo. Se descendió a Sevilla y Celta por problemas económicos,
por lo que subieron los recién descendidos Albacete y Valladolid, pero el
indulto a los dos primeros propició una liga de 22. Competición larga y con
mucha competencia por lo bajo. Con solo 6 cambios con respecto al equipo tipo
de 2ªB (3 con respecto a la temporada anterior: Del Solar, Stinga y Claudio),
el Salamanca buscaba sobrevivir gracias a su buen juego. Sin embargo, no
acompañaban los resultados. Tardó 7 jornadas en conseguir su primera victoria,
y tras algunas dolorosas derrotas, Lillo fue destituido tras 28 jornadas, con 5
victorias, 9 empates, 14 derrotas y el Salamanca en la penúltima posición. La
oposición a esta destitución fue unánime. Tanto afición como jugadores quedaron
destrozados y el equipo charro terminó descendiendo como colista.
Aún así, Lillo contaba con muy
buen cartel, y fue requerido por muchos equipos de nivel medio-bajo. Pasó por
Oviedo, Tenerife, Zaragoza, Ciudad de Murcia, Sinaloa, Terrassa, Real Sociedad,
Almería y Millonarios, donde siempre fue destituido y nunca consiguió plasmar
su idea de juego tan bien como en aquel Salamanca. Su repercusión en el fútbol
fue patente, influyendo en entrenadores como Óscar Cano o Pep Guardiola, con el
cual coincidió en Sinaloa. El alumno superó al maestro en 2010, cuando el Barça
endosó al Almería una de las mayores goleadas de la historia de la Liga, 0-8.
Su repertorio de citas célebres
es extraordinario. "El fútbol
se ha convertido en un consolador social", "No arriesgar es lo más
arriesgado, así que para evitar riesgos, arriesgaré", "Tengo claro
por qué nos echan a los técnicos: por perder. Lo que aún no sé es por qué nos
contratan. Es un misterio, como el de la Coca Cola" o "La vida es un sismógrafo. Con el
tiempo a uno le toca estar en uno de los dos extremos del gráfico, demonizado o
entronizado". Muchos lo han tachado como un loco. Quizás es que los
genios son unos incomprendidos.

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